"Las relaciones comerciales externas de Canadá con América Latina en el marco del NAFTA" *
Prof. Ángel Cerra ( FCE – UBA)
Email: mensajeronengriego@yahoo.com.ar
Prof. Susana Yazbek (CBC-UBA)
*Ponencia presentada en el marco del VI Simposio sobre Desarrollo e Industrialismo "Ideas, actores sociales y papel del Estado en los cambios de paradigma de desarrollo" (San Salvador de Jujuy, 8 y 9 de junio de 2006)
1- Introducción
El propósito de esta comunicación es realizar una aproximación desde la disciplina de las relaciones internacionales a los vínculos comerciales de Canadá con América Latina. En ese sentido, la insignificancia de los contactos ha sido – desde una perspectiva histórica -la norma. Si bien en los últimos años la dirigencia canadiense ha protagonizado algunos acercamientos hacia sus vecinos del sur del continente, de los cuáles sin lugar a dudas el más importante es su incorporación a la Organización de Estados Americanos, la intensidad de los vínculos permanece en niveles muy bajos. Por ejemplo, las importaciones canadienses de productos argentinos, equivalen al 0,12 % del total de sus compras externas; las provenientes de Chile, país con el cuál Canadá tiene un Acuerdo de Libre Comercio, alcanzan el 0,43 %; finalmente, desde México, estado que integra el NAFTA, sólo llegan al 4 % del total[1].
El propósito de esta comunicación es realizar una aproximación desde la disciplina de las relaciones internacionales a los vínculos comerciales de Canadá con América Latina. En ese sentido, la insignificancia de los contactos ha sido – desde una perspectiva histórica -la norma. Si bien en los últimos años la dirigencia canadiense ha protagonizado algunos acercamientos hacia sus vecinos del sur del continente, de los cuáles sin lugar a dudas el más importante es su incorporación a la Organización de Estados Americanos, la intensidad de los vínculos permanece en niveles muy bajos. Por ejemplo, las importaciones canadienses de productos argentinos, equivalen al 0,12 % del total de sus compras externas; las provenientes de Chile, país con el cuál Canadá tiene un Acuerdo de Libre Comercio, alcanzan el 0,43 %; finalmente, desde México, estado que integra el NAFTA, sólo llegan al 4 % del total[1].
Sin embargo, creemos que el estudio de las relaciones comerciales e internacionales de Canadá y América Latina resulta de interés por una serie de razones: la primera de ellas, quizás la menos obvia, es que las ausencias explican – a veces – de mejor manera la naturaleza de un vínculo; en segundo lugar, porque el aumento de los intercambios económicos internacionales que acompaña el proceso de globalización abre nuevos escenarios en términos de acuerdos entre países y de mercados para el sector privado. Finalmente, porque la dinámica de las relaciones de poder en el marco de esta post – guerra fría ha adquirido una inestabilidad tal, que aspectos considerados insignificantes o menores pasan a cobrar mayor importancia. Bien podría ser el caso de la relación Canadá – América Latina.
El marco teórico que sustenta el análisis proviene de la corriente pluralista o institucionalista de las relaciones internacionales, en la versión más moderada de Robert Kehoane, quien si bien en un principio postuló al institucionalismo como un paradigma alternativo[2]; posteriormente moderó su posición, buscando la ampliación de la estrecha visión de los realistas y neorrealistas. Su propuesta consiste en afirmar que aunque:
1. Los Estados son los principales actores internacionales, no son los únicos.
2. Los Estados actúan racionalmente, no siempre lo hacen a partir de una información completa ni con preferencias incambiables.
3. Los Estados buscan poder e influencia, en diferentes condiciones sistémicas definen sus intereses de manera distinta.
El primer punto de los citados es de suma utilidad para comprender la complejidad de estas relaciones. Al romper el carácter unitario del estado e incorporar otros actores como la sociedad civil, las empresas transnacionales y las organizaciones intergubernamentales (como la OEA) podemos escapar a dos riesgos. El primero consiste en suponer que los intercambios comerciales se producen efectivamente entre estados, siendo éstos el ordenador jurídico – político de la sociedad, pero no la sociedad misma. El comercio se concreta entre miembros de una sociedad o de distintas sociedades. La expresión “Chile exportó a Canadá” debería traducirse como: “empresas radicadas en Chile vendieron a empresas instaladas en Canadá”. Sólo en casos excepcionales – por ejemplo, cuando quien concreta el intercambio es una empresa estatal – son los estados los actores involucrados.
¿Quiere decir entonces, que los estados permanecen ajenos a los intercambios comerciales? De ninguna manera; porque ese orden jurídico - político surge de distintas interacciones con su sociedad civil y se desliza un juego – a veces sutil y encubierto, a veces torpe y manifiesto – de presiones y re - acomodamientos. El segundo riesgo consiste -justamente- en olvidar las interferencias estatales, remedando pobremente el ideario liberal postulado por Smith en 1776.
Por lo expuesto, esta comunicación procura atender los dos niveles de análisis, el societal y el estatal, contando con la dificultad del escaso avance en el estudio de las relaciones internacionales entre Canadá y la región latinoamericana.
2- Las relaciones exteriores de Canadá con el mundo y con América Latina
El Canadá fue ganando paulatinamente su soberanía al tiempo que se distanciaba del control británico. En ese sentido, las participaciones en la Primera Guerra Mundial y en la posterior Sociedad de las Naciones constituyen hitos de significación. El Estatuto de Westminster de 1931, aclaró aún más las dudas sobre las posibilidades del Dominio de contar con relaciones exteriores autónomas, aunque la sombra de la Madre Patria se hizo sentir hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Podría decirse que la vinculación con el Reino Unido permanece en el terreno simbólico, por el hecho de compartir una misma reina. La posibilidad de sancionar su propia constitución en 1982 marcó la separación definitiva de la tutela británica.
Con los Estados Unidos, el proceso fue inverso. Si observamos la relación en el largo plazo y nos evadimos de coyunturas y de contextos históricos críticos, del recelo que promovió justamente la formación del dominio en 1867[3] (plasmado en la British North American Act) y de las dificultades que acompañaron las negociaciones comerciales en los finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la ligazón con el poderoso vecino del sur fue cada vez más estrecha, tanto en lo económico como en lo político. Así, las inversiones estadounidenses aumentaron espectacularmente desde fines de la Primera Guerra Mundial, promoviendo el crecimiento industrial canadiense. Los intentos regulatorios por parte del gobierno del Canadá, en términos de asegurar un cierto porcentaje de producción genuinamente nacional, cayeron en saco roto, por irrelevantes o por falta de convicción en la ejecución de estas políticas nacionalistas.
No sólo las inversiones estadounidenses impactaron fuertemente sobre la economía canadiense: cada vez más, los intercambios comerciales entre los dos países se intensificaron, perdiendo importancia desde todo punto de vista el mercado inglés y del Imperio británico. La tendencia secular en términos de integración comercial se consolidó a finales del siglo XX con la firma del Free Trade Agreement y del North American Free Trade Agreement[4]. En la actualidad, el 83,9 % de las exportaciones canadienses se dirigen a los EEUU y desde ese país provienen el 56,4 % de las importaciones. Los gráficos son más elocuentes que las cifras[5]:
Para EEUU, desde el punto de vista económico, Canadá no tiene la misma jerarquía: sus ventas a este país representan el 23,1 % del total, mientras las importaciones desde el país de la Hoja de Arce equivalen al 17 % de todas sus compras. Sin embargo, debemos anotar dos elementos de vital importancia: por un lado, EEUU recibe de su vecino del norte buena parte de su provisión energética y de insumos clave, como el papel para periódicos. Por otro lado, Canadá forma parte de todos los planes de defensa continental de los EEUU, por el mero hecho de compartir una extensa frontera – lo que obliga a la coordinación misilística y a la lucha conjunta contra el terrorismo -.
Reseñaremos brevemente los elementos principales de la unión militar entre los vecinos. Durante en la Segunda Guerra Mundial, el presidente Roosevelt y el primer ministro King suscribieron el Acuerdo de Ogdensburg (Agosto de 1940) donde se estableció la formación de una Junta de Defensa de carácter permanente, acentuando la coordinación de las partes firmantes. Al año siguiente, los dos países firmaron el acuerdo de Hyde Park ( Abril de 1941). Por el mismo, los canadienses comprarían motores de avión en los EEUU y éstos, por su lado, importarían desde el norte municiones y armas pequeñas (Mc Innis, 1959: 504-505)
Al comenzar la Guerra Fría y frente a la amenaza nuclear soviética, los EEUU convencieron a los canadienses de construir una línea de radares en prevención de un ataque desde el Ártico. En 1958, se suscribió el acuerdo que instituyó el North American Aerospace Defence Command ( NORAD) organismo binacional[6]. Su finalidad es monitorear y defender el espacio norteamericano y ha sido renovado hasta la actualidad, introduciendo innovaciones que acompañan los adelantos tecnológicos y los cambios en la configuración del sistema mundial. Del mismo modo, Canadá es socio fundador de la NATO y ha participado en operaciones militares bajo su mando, bajo el liderazgo de los EEUU.
Existieron – no obstante – divergencias importantes en este y en otros planos entre los aliados. Así sucedió en ocasión de la invasión de yankee en Bahía de los Cochinos, acción que mereció una fuerte censura por parte del Primer Ministro Diefenbaker; más conocida es la postura canadiense de neutralidad en la Guerra de Vietnam y el masivo cruce hacia Canadá de miles de estadounidenses deseosos de evadir sus obligaciones militares. Debemos anotar cierta hipocresía de la dirigencia canadiense, que aprovechó el conflicto para aumentar sus ventas de pertrechos militares hacia su vecino del sur.
Más conflictivos fueron los años de la “Era Trudeau”. Durante el mandato del Primer Ministro Pierre Trudeau, Canadá se enfrentó a los EEUU en algunos tópicos militares, aunque nunca la sangre llegó al río. Los efectivos canadienses en Europa, integrando la NATO, disminuyeron a la mitad. En 1969, se reconoció a la República Popular China[7], anticipándose al acercamiento estadounidense durante la presidencia de Nixon. En 1972, el gobierno canadiense condenó la prolongación de la Guerra de Vietnam.
A pesar de estos desacuerdos, Canadá siguió integrando la NATO y el NORAD fue regularmente renovado. Además, los EEUU recibieron autorización de Ottawa para probar sus misiles atravesando territorio canadiense.
Finalmente, en la Primera Guerra del Golfo, el ex Dominio Británico respondió al mandato de las Naciones Unidas, mientras que no participó de la última invasión en el marco de la estrategia preventiva lanzada por George W. Bush. Este hecho, no le ha impedido a empresas canadienses participar del gran negocio de la reconstrucción de Irak.
En conclusión: la vinculación entre los EEUU y Canadá – a pesar de algunos roces– es tan estrecha que todo juicio de valor sobre las posibilidades de un entendimiento entre éste último país y América Latina debe contemplar que los canadienses tienen poco margen de acción: les guste o no “duermen con el elefante”[8].
3- Canadá y América Latina
El Canadá no manifestó mayor interés por la situación de América Latina hasta la llegada al poder de Pierre Trudeau. El Primer Ministro, procuró tibiamente separarse de la tutela estadounidense acercándose a otras regiones del mundo de una manera distinta. Sin embargo, estos intentos se caracterizaron por su timidez y por la permanente tutela del Tío Sam.
El primer gran dilema para Trudeau se produjo en ocasión del golpe de estado de Pinochet contra Salvador Allende, en 1973. Buena parte de la opinión pública canadiense, agrupada en influyentes ONG, tales como el Canadian Council of Churches (CCC) y los sindicatos, representados por el Canadian Labour Congress (CLC) pidió al gobierno que no reconociera a las autoridades surgidas de la asonada militar. Los esfuerzos fueron vanos: Pinochet fue reconocido dieciocho días después de producido el golpe. Para compensar, se recibió generosamente a más de 7000 exiliados chilenos.
A partir de allí, el país aumentó su activismo en la región. Reconoció al gobierno de la Revolución Sandinista, pero al mismo tiempo mantuvo relaciones cordiales con otros estados de la zona que albergaban a los “contras”. Se buscaba asumir un rol de mediador, respaldando además las gestiones del Grupo Contadora. Esta tibieza consiguió disminuir las críticas tanto de las ONG como las de la Administración Reagan.
Los canadienses han elegido, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial privilegiar los marcos de acción plurinacionales, como las Naciones Unidas. Por ese motivo, resistieron la formación del bloque regional que constituía la Organización de Estados Americanos, institución a la que ingresaron recién en 1990. A partir de su incorporación, Canadá insistió en el fortalecimiento de la democracia en el continente y jugó un rol clave en la creación de la Unit for Promotion of Democracy dependiente de la organización. En la actualidad, tiene un papel activo en la misión de estabilización de las Naciones Unidas en Haití.
Más importante ha sido su intención de favorecer la unión económica continental a través de la iniciativa del ALCA. Por ejemplo, en la última Cumbre de las Américas en Mar del Plata, el primer Ministro Paul Martin pronunció un discurso pro – integración y actúo en sintonía con su par de Estados Unidos George Bush y con Vicente Fox, mandatario mexicano[9].
En el campo de la cooperación internacional para el desarrollo – aspecto de su política exterior resaltado fervientemente por Ottawa – América Latina tampoco se encuentra dentro de las prioridades. Bolivia, uno de los países más pobres de la región recibió en 2003/4 solo 26 millones de dólares canadienses, mientras que a Burkina Faso, en el mismo período, se destinaron 29 millones de la misma moneda. A Brasil, con sus espantosos indicadores de desarrollo humano y una población muy numerosa se le otorgó 11 millones de dólares canadienses, en tanto que Serbia y Montenegro receptó 14,6 millones. Es evidente que las preocupaciones de la cooperación canadiense no se encuentran en el patio trasero de su vecino.
En el campo de las inversiones exteriores, no es relevante el papel de América Latina, como se desprende del gráfico siguiente:
Observamos que los canadienses han preferido manejarse en el área de los países de la OECD, más algunos recién llegados al Primer Mundo o en trabajoso – e incierto - periplo hacia él, como son los casos de Irlanda y de Hungría. Para definir el grado de importancia que tienen los países de América Latina, señalemos que la suma de las realizadas en veintiún países de América Central y del Sur, no supera las inversiones canadienses en Irlanda[10].
¿ Cuáles son las perspectivas comerciales para la región? Este es el monto de las importaciones canadienses provenientes de América Latina y el Caribe :
País Monto en millones de dólares canadienses % sobre el total de las importaciones
México 14.568 3,84
Brazil 3.142 0,83
Venezuela 1.828 0,48
Chile 1.651 0,43
Peru 1.357 0,36
Colombia 582 0,15
Cuba 552 0,15
Argentina 452 0,12
Jamaica 392 0,10
Costa Rica 355 0,09
Trinidad y Tob 237 0,06
Guatemala 206 0,05
Ecuador 142 0,04
Uruguay 130 0,03
Honduras 129 0,03
Rep. Domin. 119 0,03
El Salvador 59 0,02
Bahamas 56 0,01
Panamá 44 0,01
Haití 25 0,01
Bermuda 17 0,00
Barbados 7 0,00
Islas Caimán 0,4 0,00
26.050,4 6,86
Ecuador 142 0,04
Uruguay 130 0,03
Honduras 129 0,03
Rep. Domin. 119 0,03
El Salvador 59 0,02
Bahamas 56 0,01
Panamá 44 0,01
Haití 25 0,01
Bermuda 17 0,00
Barbados 7 0,00
Islas Caimán 0,4 0,00
26.050,4 6,86
De las cifras anteriores, surgen algunas certezas desalentadoras sobre las posibilidades del comercio de América Latina y el Caribe con Canadá. La primera de ellas es la insignificancia del vínculo para éste último. Desde el revés de la trama la situación se repite: así como el único proveedor relevante para el ex Dominio es México, para los países latinoamericanos el canadiense es un mercado realmente marginal. Esta situación no ha sufrido modificaciones significativas en los últimos cuarenta años, a pesar de su volatilidad.
Si excluimos del último cálculo a México, país para el que Canadá representa el 5,1% del total de sus exportaciones, la importancia de ese mercado es aún menor: para Chile, las ventas a Canadá equivalen al 3,4 % del total; para Brasil, el 2,2 % y para la Argentina arañan el 1 %. Debemos tener en cuenta que los dos primeros estados suscribieron acuerdos de libre comercio con la ex colonia británica.
4- Conclusiones. Análisis prospectivo
Venciendo la natural inclinación de los historiadores a no formular cualquier tipo de pronóstico – lo que conduce, por un lado a la prudencia y por el otro, a la inutilidad absoluta de la disciplina – nos atrevemos a postular ciertos escenarios para el futuro. Como en casi todas sus decisiones soberanas, la relación de Canadá y América Latina se encuentra fuertemente condicionada por la asociación que mantiene con los EEUU. Dentro de ese marco, se ha señalado la presencia de un vínculo de carácter estructural donde el componente geográfico es insoslayable. Canadá es la frontera norte del Imperio, la proveedora de materias primas y de energía barata; Ontario y Québec, cada vez más, se integran con el sur no sólo en términos económicos, sino también culturales.
En ciertas circunstancias clave – por ejemplo en la coyuntura “progresista” de la Era Trudeau,- las ONG alzaron la voz por cuestiones humanitarias y de derechos humanos. Aún hoy, siguen siendo muy severas en sus juicios sobre las estrategias de cooperación internacional[11]. Sin embargo, más allá de las veleidades y de manejo de su opinión pública interna, es dudoso que los gobernantes canadienses puedan apartarse demasiado de los EEUU, aunque éstos se encuentren empeñados en una política exterior agresiva y militarista.
Por todo lo expuesto, - y a la luz de lo exhibido recientemente en las distintas cumbres y en los documentos oficiales de Canadá – es probable que se acentúe su rol como cara amable de la integración al ALCA y de la necesidad de reconocimiento por parte de Latinoamérica de patentes y regalías, así como de brindar un marco jurídico amigable a los inversores extranjeros. La desarticulación de los espacios regionales mediante acuerdos de libre comercio, es una estrategia en la que Canadá acompaña los esfuerzos estadounidenses.
¿ Se podrá vender más al país de la Hoja de Arce? Probablemente, la insignificancia de los intercambios comerciales continúe siendo la norma, a pesar de los esfuerzos denodados por parte de algunos estados de la región, como Chile. Y definitivamente, las exportaciones hacia el norte se basarán en productos primarios, tal como lo demuestran el crecimiento de las citadas ventas chilenas. Éstas se basan en la comercialización de cobre en bruto o con mínima incorporación de mano de obra, de frutas y vinos.
En conclusión, los países latinoamericanos deberían moderar su entusiasmo por la eventual conquista del mercado canadiense, ya que factores geográficos, militares, históricos y políticos, condenan de antemano esa posibilidad.
Bibliografía
Kehoane, Robert, (1988) Después de la Hegemonía, Buenos Aires, GEL.
Lucchini, Cristina ( 2003) “Estableciendo un patrón de desarrollo: exportar para el Imperio. El caso de los empresarios automotrices canadienses entre 1920 y 1940” en Lucchini, C., (comp..) El enigma argentino, Buenos Aires, Proyecto Editorial.
Lucchini, Cristina, Blanco, Teodoro y Cerra, Angel ( 2002) : “Economía e Industria en Canadá y Argentina. Un acercamiento desde la historia de las ideas”, en Revista Chilena de Estudios Canadienses, Año 1, Vol. 1
Mc Innis, Edgard ( 1956) Canada. A Political and Social History, Toronto, Clarke, Irwin & Company Limited.
Solberg. Carl E. ( 1981) “Argentina y Canadá: una Perspectiva Comparada Sobre su Desarrollo Económico”, 1919 – 1939 en Desarrollo Económico Vol. XXI Nº 82
Williams,Glen ( 1986) Not for Export: Toward a Political Economy of Canada´s Arrested Industrialization, Toronto, McClelland and Stewart.
Notas
[1] Los datos son del año 2004. La información completa se encuentra en www.dfait-maeci.gc.ca/eet/cimt/2005/pfact_annual_trade_2006-04-en.asp
[2] En Después de la Hegemonía, Kehoane es fuertemente crítico de las posiciones más extremas del institucionalismo. Así respecto a David Mitrany sostiene que
“En el otro extremo de estos realistas se encuentran autores que consideran que consideran que la cooperación es esencial en un mundo de interdependencia económica y que argumenta que los intereses económicos compartidos crean la necesidad de leyes e instituciones internacionales. Este enfoque, al que me refiero como institucionalista porque sus partidarios acentúan las funciones desempeñadas por las organizaciones internacionales, corre el riesgo de ser ingenuo con respecto al poder y al conflicto. Con demasiada frecuencia sus adherentes incorporan a su teoría suposiciones excesivamente optimistas acerca del rol de los ideales en la política mundial o acerca de la capacidad de los estadistas de aprender lo que los teóricos consideran las “lecciones correctas” (Kehoane, 1988: 20) (el resaltado es nuestro, A.C. y S.Y.)
[3] Desde su independencia en 1776, los Estados Unidos nunca abandonaron la pretensión de anexar Canadá a sus posesiones. En la década de 1820, sus líderes adoptaron una retórica nacionalista de tono expansionista, expresada en la frase: el destino manifiesto. Dios había elegido a los "americanos" para controlar todo el continente bajo la forma republicana de gobierno. Los efectos de esta retórica se sintieron inmediatamente en México, que perdería buena parte de su territorio en manos del poderoso vecino del Norte. Por la guerra o por medio de la compra, Estados Unidos estaba dispuesto a cumplir con ese "destino". Las cuestiones limítrofes entre Canadá y el joven gigante, fueron especialmente virulentas en las décadas transcurridas entre los años cuarenta y ochenta del siglo XIX. Merced a la pasividad de la Corona Británica, los estadounidenses intentaron avanzar sobre territorio canadiense en la frontera del estado de Oregon y reclamaron la isla de Vancouver y sus aledañas. Finalmente, la fuerte presión de la opinión pública local y el deseo británico de limitar la influencia estadounidense permitió consolidar las fronteras
[4] Obsérvese la tendencia. De menos del 50 % del total de las exportaciones canadienses a principios de la década de 1950, las ventas a los EEUU, llegaron a principios de los 80’ a cubrir el 65 %, el 72 % en 1988 y a casi el 84 % en la actualidad.
[5] Las cifras del comercio canadiense con otros países pertenecen al Department Foreign Affairs and International Trade cuya página web se cita en la nota 1.
[6] Mostrando claramente la asimetría entre las partes firmantes del acuerdo, el cuartel general del NORAD se encuentra en Colorado Springs, el comandante es estadounidense y el segundo, canadiense.
[7] Para compensar cualquier acusación de comunismo, Trudeau estableció casi al mismo tiempo relaciones diplomáticas con el Vaticano.
[8] La frase pertenece al ex Primer Ministro Pierre Trudeau: “Vivir al lado de los EEUU, es como dormir con un elefante. No importa cuán apacible y amistosa sea la bestia, uno es afectado por cada uno de sus movimientos y gruñidos”. Podemos agregar que actualmente, la política exterior de Bush no es particularmente amistosa ni apacible.
[9] En el documento final, Martín insistió en la necesidad de acordar una sola posición respaldando al ALCA. Sus esfuerzos fueron infructuosos y la redacción final incluyó las dos posturas, en contra y a favor de continuar con las iniciativas de integración continental.
[10] Las empresas canadienses y los individuos, como se puntualiza en el gráfico, recurren también a paraísos fiscales, lo que explica la importancia de Barbados, Bermuda e Isla Caimán.
[11] Por ejemplo, la Canadian Catholic Organization for Development and Peace expresa en una carta abierta a la Ministra de Cooperación Internacional:
“Entendemos que la CIDA ( nombre de la Agencia de Cooperación Internacional Canadiense) se encuentra en una posición desventajosa para comentar los fuertes recortes de presupuesto impuestos desde principios de 1990. Sin embargo, la agencia debe reconocer honestamente que el precario estado de los recursos financieros ha terminado afectando la efectividad. No es sorprendente que, en los últimos diez años, la CIDA ha estado haciendo menos con menos. Como resultado de las decisiones de recorte de presupuesto adoptadas por el gobierno canadiense, la gente de varios países en el sur se ha enfrentado a una pobreza más profunda, los servicios básicos de educación han sido cortados, la salud de las mujeres ha empeorado, las epidemias fueron combatidas menos vigorosamente y mas chicos murieron” Canadian Catholic Organization for Development and Peace, The Future of Canadian International Development Aid a Development and Peace Position Paper , 30 de agosto de 2001 en http://www.devp.org/testA/policy/declarationsj-e.htm
[1] Los datos son del año 2004. La información completa se encuentra en www.dfait-maeci.gc.ca/eet/cimt/2005/pfact_annual_trade_2006-04-en.asp
[2] En Después de la Hegemonía, Kehoane es fuertemente crítico de las posiciones más extremas del institucionalismo. Así respecto a David Mitrany sostiene que
“En el otro extremo de estos realistas se encuentran autores que consideran que consideran que la cooperación es esencial en un mundo de interdependencia económica y que argumenta que los intereses económicos compartidos crean la necesidad de leyes e instituciones internacionales. Este enfoque, al que me refiero como institucionalista porque sus partidarios acentúan las funciones desempeñadas por las organizaciones internacionales, corre el riesgo de ser ingenuo con respecto al poder y al conflicto. Con demasiada frecuencia sus adherentes incorporan a su teoría suposiciones excesivamente optimistas acerca del rol de los ideales en la política mundial o acerca de la capacidad de los estadistas de aprender lo que los teóricos consideran las “lecciones correctas” (Kehoane, 1988: 20) (el resaltado es nuestro, A.C. y S.Y.)
[3] Desde su independencia en 1776, los Estados Unidos nunca abandonaron la pretensión de anexar Canadá a sus posesiones. En la década de 1820, sus líderes adoptaron una retórica nacionalista de tono expansionista, expresada en la frase: el destino manifiesto. Dios había elegido a los "americanos" para controlar todo el continente bajo la forma republicana de gobierno. Los efectos de esta retórica se sintieron inmediatamente en México, que perdería buena parte de su territorio en manos del poderoso vecino del Norte. Por la guerra o por medio de la compra, Estados Unidos estaba dispuesto a cumplir con ese "destino". Las cuestiones limítrofes entre Canadá y el joven gigante, fueron especialmente virulentas en las décadas transcurridas entre los años cuarenta y ochenta del siglo XIX. Merced a la pasividad de la Corona Británica, los estadounidenses intentaron avanzar sobre territorio canadiense en la frontera del estado de Oregon y reclamaron la isla de Vancouver y sus aledañas. Finalmente, la fuerte presión de la opinión pública local y el deseo británico de limitar la influencia estadounidense permitió consolidar las fronteras
[4] Obsérvese la tendencia. De menos del 50 % del total de las exportaciones canadienses a principios de la década de 1950, las ventas a los EEUU, llegaron a principios de los 80’ a cubrir el 65 %, el 72 % en 1988 y a casi el 84 % en la actualidad.
[5] Las cifras del comercio canadiense con otros países pertenecen al Department Foreign Affairs and International Trade cuya página web se cita en la nota 1.
[6] Mostrando claramente la asimetría entre las partes firmantes del acuerdo, el cuartel general del NORAD se encuentra en Colorado Springs, el comandante es estadounidense y el segundo, canadiense.
[7] Para compensar cualquier acusación de comunismo, Trudeau estableció casi al mismo tiempo relaciones diplomáticas con el Vaticano.
[8] La frase pertenece al ex Primer Ministro Pierre Trudeau: “Vivir al lado de los EEUU, es como dormir con un elefante. No importa cuán apacible y amistosa sea la bestia, uno es afectado por cada uno de sus movimientos y gruñidos”. Podemos agregar que actualmente, la política exterior de Bush no es particularmente amistosa ni apacible.
[9] En el documento final, Martín insistió en la necesidad de acordar una sola posición respaldando al ALCA. Sus esfuerzos fueron infructuosos y la redacción final incluyó las dos posturas, en contra y a favor de continuar con las iniciativas de integración continental.
[10] Las empresas canadienses y los individuos, como se puntualiza en el gráfico, recurren también a paraísos fiscales, lo que explica la importancia de Barbados, Bermuda e Isla Caimán.
[11] Por ejemplo, la Canadian Catholic Organization for Development and Peace expresa en una carta abierta a la Ministra de Cooperación Internacional:
“Entendemos que la CIDA ( nombre de la Agencia de Cooperación Internacional Canadiense) se encuentra en una posición desventajosa para comentar los fuertes recortes de presupuesto impuestos desde principios de 1990. Sin embargo, la agencia debe reconocer honestamente que el precario estado de los recursos financieros ha terminado afectando la efectividad. No es sorprendente que, en los últimos diez años, la CIDA ha estado haciendo menos con menos. Como resultado de las decisiones de recorte de presupuesto adoptadas por el gobierno canadiense, la gente de varios países en el sur se ha enfrentado a una pobreza más profunda, los servicios básicos de educación han sido cortados, la salud de las mujeres ha empeorado, las epidemias fueron combatidas menos vigorosamente y mas chicos murieron” Canadian Catholic Organization for Development and Peace, The Future of Canadian International Development Aid a Development and Peace Position Paper , 30 de agosto de 2001 en http://www.devp.org/testA/policy/declarationsj-e.htm